Don Juan era el último habitante del pueblo. Cada noche, se sentaba frente a las casas
grandes y silenciosas que sus vecinos habían construido con dinero enviado desde el norte.
Eran fachadas increíbles, con columnas y balcones que nunca habían visitas.
El anciano hablaba con ellas. Les contaba las leyendas que antes repetían los jóvenes en
las esquinas: la del cadejo, la carreta chillona, la del espíritu que cuidaba los cafetales. Pero
las casas nunca respondían, como si quisieran recordarle que ya no había jóvenes para
escuchar, que las historias se estaban olvidando.
Una noche, mientras miraba las grandes construcciones, Don Juan descubrió un secreto:
las fachadas guardaban símbolos ocultos en sus diseños, figuras que parecían ojos y
bocas. Al mirarlas fijamente, comprendió que eran los rostros de quienes se habían ido,
atrapados en el cemento, intentando regresar a través de su hogar.
Desde entonces, hablar con las casas se convirtió en un ritual para Don Juan. Ya no estaba
solo, escuchaba voces lejanas. La nostalgia de las remesas se mezclaba con la magia de
las leyendas. Aunque sabía que el pueblo se estaba muriendo, entendía que las historias
nunca desaparecen del todo. Se transforman, como las casas. Esperan que alguien vuelva
a escucharlas.

Por: Franchesca Mina
Redactora El Informativo
