En Joya de Cerén, dos arqueólogos trabajaban en silencio. Entre huellas de pies y platos quebrados, hallaron una vasija quebrada.
Al limpiarla, descubrieron algo increíble: una doble huella dactilar marcada en el barro, como si dos manos se hubieran encontrado allí hace siglos. Intrigados, comenzaron a investigar. Y mientras sus dedos recorrían la superficie, la historia saltó al pasado: dos jóvenes agricultores moldeaban su primer hogar, riendo mientras presionaban juntos el barro fresco.
El volcán aún estaba inactivo, y ellos no sabían que su gesto quedaría congelado en el tiempo. De regreso al presente, los arqueólogos se miraron. Sin decir palabra, comprendieron que aquella vasija no solo contenía historia, sino un testimonio de amor. El barro cocido había atrapado un instante importante, y ahora los unía a ellos también, como si el destino hubiera decidido repetir la escena.
En Joya de Cerén, la arqueología revelaba más que objetos: mostraba que el amor, igual que la tierra endurecida, podía volverse eterno.

Por: Franchesca Mina
Redactora El Informativo
